La significaci—n del paradigma en el Timeo de Plat—n y su car‡cter articulador.

 

Oscar Vel‡squez

 

 

                   La distinci—n primera del exordio del Timeo

                   A pesar de lo mucho que se ha discutido acerca del significado filos—fico fundamental del Timeo de Plat—n, es claro que persisten hasta el presente modos diversos de responder a la cuesti—n. Mi punto de vista con respecto a este asunto consiste en suponer que la respuesta al tema del significado pasa necesariamente por una evaluaci—n de los principales dramatis personae ontol—gicos del di‡logo, y su correspondiente caracterizaci—n. Los personajes de este drama, en efecto, poseen a su manera las cualidades que asignamos a los seres vivos, sea como Demiurgo, divinidades celestes, alma del mundo o modelo, que abarca, este œltimo, los vivientes inteligibles.[1] Mi preocupaci—n principal en este trabajo se centra en el tema del paradigma o modelo del Dios artesano. Plat—n relaciona, de un modo que habr‡ que analizar, al Demiurgo y el modelo con el Ôviviente eternoÕ, y estos dos œltimos, asimismo, est‡n en posesi—n una naturaleza de tipo ontol—gico innegable. En la tarea de dar algunos pasos en el an‡lisis de estas relaciones, pretendo argumentar que en el Timeo, el paradigma juega un papel central en la determinaci—n del protagonista indiscutible, el Demiurgo, con quien el paradigma formar’a una unidad org‡nica, y de quien ser’a una condici—n necesaria en cuanto esta divinidad artesana es una Inteligencia creadora; y que, finalmente, en la misma medida en que el paradigma permite arrojar luz sobre la constituci—n ontol—gica del Demiurgo, aquel se erige en una de las claves principales de la historia de la creaci—n, siendo la imagen –que habr’a que relacionar con la forma nueva del mundo– un correspondiente preciso del modelo eterno en el devenir.[2]

                   Se podr’a decir que toda la met‡fora art’stica sobre la que se sostiene el relato de la creaci—n en el Timeo quedar’a sin sustentaci—n, de no haber un paradigma; y puesto que hay un Demiurgo que como artesano crea un universo, hay, en consecuencia, un modelo. Por otra parte, sin embargo, la lectura del di‡logo nos presenta un complejo orden de realidades, divinas e inteligibles, como aquello que Timeo llama Ôlo que siempre esÕ, as’ como otras entidades como el Dios creador, el ser viviente eterno, el modelo; mientras en otra esfera de realidad aparece lo generado, el Alma del mundo, los dioses de la generaci—n, la imagen, el tiempo, la realidad corporal, el hombre y los seres animados, todo ello englobado por lo que Žl mismo llama tambiŽn el cosmos. Luego, al promediar el discurso, a partir de 47e 3, se hace necesario realizar una nueva distinci—n en este mismo segundo orden de cosas, donde se introduce el recept‡culo del devenir, el que a su vez, con diversos nombres, termina por manifestar lo que parece ser su contenido esencial, a saber, el ÒespacioÓ o kh™ra en que se realiza la gesta creadora del Demiurgo, ahora identificado como Nožs. De ah’ que me he referido a los personajes del drama al interior del relato, caracteres de un tipo fundamentalmente ontol—gico, los que encubren a su vez ciertos grados aparentemente diversos de realidad, no todos de naturaleza decididamente independiente, sino que se manifiestan de hecho como precisiones filos—ficas de unos pocos nœcleos entitativos centrales que habr‡ que precisar. Todo esto indudablemente forma parte de lo que Plat—n ha insistido en considerar como relato veros’mil, un modo de narraci—n filos—fica que se hace necesario utilizar en un discurso que tiene como centro de atenci—n el mundo, su ordenamiento, su cualidad ontol—gica, y la condici—n entitativa de las criaturas que lo componen, espec’ficamente el hombre.

                   Ahora bien, y como un antecedente obligatorio para la comprensi—n de la totalidad del di‡logo, se puede suponer que hay un personaje fuera de escena que dirige todos los hilos de los acontecimientos, es decir, un bien nunca precisado pero manifiestamente en control de todo mediante un principio que opera cabalmente en el Demiurgo, y que se constituye en una arkhŽn kyriot‡ten. Este principio, el m‡s soberano, se revela mediante el deseo del Dios artesano de que Òtodo se generase lo m‡s parecido a s’ mismoÓ:

 

Digamos, entonces, por quŽ motivo el constructor construy— la generaci—n y este universo. Era bueno, y jam‡s surge en un ser bueno envidia alguna acerca de nada; y libre como estaba de ella, quiso que todo se generase lo m‡s parecido posible a s’ mismo. Estar’a aceptando, entonces, lo m‡s correcto quien aceptara de varones juiciosos especialmente este principio supremo de la generaci—n y el cosmos (Ti. d7-30a2).

                   Este deseo (ejboulhvqh) que tiene, por decir as’, dos aspectos en correspondencia, la bondad del Demiurgo y su falta de envidia, son el ÒmotivoÓ (aijtivan) de su actividad de constructor; es decir, la raz—n por la que actu— paara crear un mundo. Pero esto no explica la motivaci—n œltima de esa labor arquitect—nica –claramente motivada por su bondad–, que se fundamenta en la entidad misma del constructor. En estas circunstancias, bien es en el Demiurgo la presencia operativa de un prop—sito de bondad inteligible, cuyo objetivo se hace realidad en el ordenamiento de aquello que estaba en desorden:

 

Porque Dios quiso que todas las cosas fueran buenas y que en lo posible nada fuera defectuoso, as’ entonces, despuŽs de tomar control de todo cuanto era visible, que no se manten’a en reposo sino que se mov’a en forma discordante y desordenada, lo condujo al orden desde el desorden, pues consideraba que aquello era de todas formas mejor (Ti. 30 a).

 

El advenimiento del orden en el mundo se–ala la presencia nueva de un prop—sito de bondad sostenido por el juicio del Dios (hJghsavmeno§), el que est‡ fundado en la consideraci—n de que el orden c—smico Òera de todas formas mejorÓ. Veo entonces en todas estas formulaciones acerca de la bondad del Dios y las consideraciones de este acerca de los est‡ndares de belleza, la acci—n del bien, una figura silente, pero testigo actual en todos los actos del Demiurgo.. Este bien al que me refiero es fundamentalmente el de la Repœblica, que  Òcomunica la verdad a los objetos del conocimiento y la facultad de conocer al que conoceÓ (VI, 508e), siendo la condici—n de este bien Òincluso mayorÓ (VI 509a). Si el Demiurgo opera como un Nožs segœn Timeo, y su actividad cognoscitiva es recibida de un bien y ejercida por un entendimiento a la manera de Repœblica sobre los Òobjetos del conocimientoÓ (toi`§ gignoskomevnoi§ de 509a), me parece innegable que, desde la perspectiva de Repœblica –cuya supuesta continuaci—n deber’a ser, segœn S—crates, el propio Timeo– el Demiurgo es aqu’ el agente operativo del bien.

                   El ÒprincipioÓ, entonces, en directa operaci—n en el di‡logo, es Dios mismo, en cuanto ontol—gicamente su bondad se constituye en la raz—n œltima de la gesta creadora, con un imperativo de belleza y perfecci—n sostenido en la misma constituci—n entitativa de la divinidad. El calificativo de kyriot‡ten (ÒsupremoÓ, o mejor tal vez, ÒsoberanoÓ), muestra que este principio de bondad existente en el Dios posee la soberan’a suprema sobre todo otro principio, y su presencia se hace solo manifiesta mediante ese deseo permanente de perfecci—n en los planes del Demiurgo al realizar su obra. Pero el principio se sostiene en algo que supera la sola capacidad inteligible de la divinidad, puesto que se supone que estos prop—sitos de mejor’a de lo sensible son manifestaci—n de algo que supera lo inteligible. Este bien, en consecuencia, actœa como un factor desde las m‡rgenes de la creaci—n, a modo de un principio existente en la inteligencia demiœrgica, que establece los objetivos de bondad inherentes a todo el proyecto de ordenamiento c—smico. Estos objetivos se hacen manifiestos en un esfuerzo por alcanzar la semejanza m‡s pr—xima posible con la divinidad, y, en consecuencia, la perfecci—n y belleza de la obra y su bondad intr’nsecas en la medida de lo posible. El est‡ndar de perfecci—n, en esas circunstancias, lo da el mismo hacedor divino, al ponerse a s’ mismo como la norma superior de calidad; y ese deseo, consecuentemente, confiere a todo el desenvolvimiento del trabajo demiœrgico en el mundo un objetivo de bondad que estaba ausente en el caos espacial pre-c—smico. Este principio supremo est‡ integrado as’ a la naturaleza del hacedor hasta tal punto, que se revela como una cualidad imprescindible que lo motiva a construir un mundo:

quiso que todo se generase lo m‡s parecido posible a s’ mismo (Ti. 29e 3).

                      

                   Este es sin duda un texto central del Timeo, y un paso clave que deber’a permitir identificar aqu’ al Demiurgo con el modelo, en la medida que el modelo es el conjunto de los objetos de conocimiento que, a modo de entidades inteligibles, conforman la vida efectiva del Nožs: as’ es como el Dios se constituye en el est‡ndar superior de calidad de la obra creadora. Con las ediciones cr’ticas de Burnet y Rivaud, y de acuerdo con el c—dice. Parisinus graecus 1807 (A) y testimonios como los de Cicer—n y Calcidio, leo en esta decisiva l’nea del texto del Timeo eJautw/`, es decir, Òa s’ mismoÓ. Una importante tradici—n manuscrita reporta sin embargo aujtw/`, que indicar’a que se trata m‡s bien del modelo y no del hacedor mismo: Ôquiso <el demiurgo> que todo se generase lo m‡s parecido posible a este <modelo>Õ (codd. FWY 1812 Proclo). Pero adem‡s de las buenas razones de Festugi�re para aprobar en Proclo un eJautw/`,[3] en el Comentario al Timeo, en un sugestivo pasaje de la Teolog’a Plat—nica del mismo Proclo se afirma con toda claridad lo siguiente:

Porque el hecho de crear todas las cosas parecidas a s’ mismo (eJautw/` paraplhvsia) lo presenta como el modelo inteligible de todas las cosas buenas y bellas en el mundo.[4]

                  

                   Ahora bien, las razones de esta identificaci—n vienen de m‡s atr‡s en el di‡logo, y se remontan indudablemente a la distinci—n entre Ser y generaci—n de Ti. 27d-28a. Es una diairesis o distinci—n (diairetevon), que Timeo supone debe abarcar la totalidad de la realidad y a la cual considera Òen  primer lugarÓ (prw`ton). Se distingue entonces, entre lo que es, que es Òsiempre para consigo mismoÓ, y lo que se genera, Òque jam‡s es realmenteÓ; y se se–ala al mismo tiempo que uno y otro son el objeto de dos actividades cognoscitivas diferentes, a saber, el Ser lo es de la inteligencia con la ayuda de la raz—n, y el devenir lo es de la capacidad opinadora, que es auxiliada por la sensaci—n. Se est‡ diciendo, por consiguiente, que lo que es y lo que se genera son diferentes uno del otro, y que al mismo tiempo ambos se relacionan de algœn modo, en especial en cuanto son el objeto propio de actividades cognitivas que, si bien son distintas, se encuentran conectadas entre s’ en el esp’ritu humano –se dir‡ luego– como verdad y opini—n. Esto es ya un signo de las relaciones que las hacen compatibles entre s’; quiero decir, que si entre verdad y opini—n puede existir compatibilidad, entre generaci—n y esencia tambiŽn existe una. As’ ser‡ posible decir, entonces, que:

la esencia es a la generaci—n como la verdad a la creencia (29c).

                   Plat—n ha declarado, en consecuencia, que los —rdenes de realidad son dos, y su mŽtodo consistir‡, en esta primera parte del di‡logo, en establecer al interior de cada orden distinciones que no comprometen b‡sicamente la unidad ontol—gica del Ser ni la cualidad existencial de la generaci—n. Es en relaci—n con lo generado y con la generaci—n del mundo, en forma especial, que es preciso establecer estas distinciones en lo que es; y ellas adquieren una particular importancia en cuanto surgen como precisiones que el lenguaje filos—fico necesita hacer cuando enfrentado a la diversidad de la creaci—n en un discurso cosmol—gico. Si no hubiera generaci—n, ni mundo, no habr’a necesidad de buscar una causa, ni un demiurgo y padre de lo creado, ni un paradigma, ni un alma intermediaria; ni postular un caos sobre el que se ejerce la acci—n bondadosa de la divinidad. Pero si, como se dice finalmente, se afirma que el cosmos no fue ÒsiempreÓ (Ti. 28b), y ten’a de hecho Òprincipio de generaci—nÓ, y se origin— Òdesde un cierto principioÓ, puesto que se gener—, entonces, hay una causa, hay un modelo, hay un hacedor. Aqu’ probablemente ese se gener— (gevgonen, 28b 7) significa, se origin—. En lo que respecta al modelo, por consiguiente, si hay Ser y generaci—n, Žl es ser y no generaci—n; y el problema fundamental est‡ en saber quŽ correspondencias puede haber entre este modelo eterno (29a), el constructor que estaba siempre (28a) mir‡ndolo, y Ôlo que es siempreÕ (27d).

                   Plat—n ha querido designar claramente con Òlo generadoÓ al mundo como ser sensible en su condici—n de entidad visible, tangible y corporal; y ha afirmado por otra parte la necesidad de una causa para su existencia. Es razonable pensar que Plat—n no est‡ insertando aqu’ ninguna nueva entidad entre el ser y el devenir al referirse a un aition, siendo que la afirmaci—n: ÓY a su vez, todo lo que se genera es de necesidad que se genere por una causa, porque es totalmente imposible tener generaci—n sin una causaÓ(Ti. 28a), es dicha inmediatamente a continuaci—n de la ya mencionada distinci—n sin ninguna transici—n mayor. Lo que se genera, se dice aqu’, existe como causado, pues no hay otra manera posible para ella de existir. Es otro modo de establecer la relaci—n entre lo que es y lo que se genera, es afirmar que adem‡s de la correspondencia ya referida entre inteligencia y opini—n como dos poderes espirituales de distinta pero correlativa consistencia gnoseol—gica, hay una relaci—n causal entre esa realidad que engendra verdad, y esta otra que genera creencia. Es lo que un poco m‡s arriba se dec’a en esta parte decisiva del di‡logo, a la que S—crates denomina exordio (Ti. 27c-29d):

Los discursos en cambio de lo representado conforme a un modelo, puesto que es una imagen, son veros’miles y est‡n en proporci—n con aquellos otros: la esencia es a la generaci—n como la verdad a la creencia (29c).

                   Si esto es as’, es de absoluta necesidad, me parece, defender la conveniencia de ver en estos pasajes (y en especial en la distinci—n b‡sica de 27d-28a) una confirmaci—n de la compatibilidad, es decir, una aptitud constante de correspondencia y coordinaci—n entre el Ser y la generaci—n. Ya Taylor, por el contrario, hab’a declarado que Timeo Òtreats gevnesi§ and ousiva from first to last as simple incompatiblesÓ,[5] y Owen afirmaba asimismo que el Timeo Òdistinguishes absolutelyÓ entre lo que es y lo que se genera, reinsertando a continuaci—n la aseveraci—n de Taylor.[6] Por otra parte, para enfrentar nuevamente a quienes parec’an liderar estas controversias en las dŽcadas pasadas, las argumentaciones de H. F. Cherniss, buscando salvar el Timeo de esta incompatibilidad entre gŽnesis y ous’a, planteaba c—mo Plat—n expl’citamente afirma que el mundo del devenir Òparticipates in bothÓ, siendo y no siendo, y que no se le debe designar en forma pura y simple como uno u otro.[7] En esas circunstancias, si hay compatibilidad entre uno y otro, verdad y creencia son tambiŽn compatibles; de este modo, lo que Timeo denominar‡ como relato veros’mil (to;n eijkovta mu`qon, Ti. 29d), piedra angular de todo el di‡logo, se habr‡ hecho posible.

                   Plat—n imagina por otra parte todo el discurso de Timeo como un relato sobre los or’genes del universo, el que se desarrolla al modo de un juicio sometido al arbitraje de los miembros de la cena de esa tarde. De ah’ la distinci—n que se hace entre un exordio (27d-29d), de condici—n m‡s te—rica, y un texto de la ley (to;n novmon, 29d-final del di‡logo), que contiene lo que se promulga en una ley, con todas las estipulaciones legales que le siguen. La met‡fora tal vez sugiere que un pronunciamiento filos—fico sobre el devenir, y que se emite por tanto b‡sicamente mediante el lenguaje propio de la creencia, va a tener aqu’ la forma de un edicto, sujeto al menos t‡citamente, a la aprobaci—n de este peque–o grupo de notables. Eso es v‡lido sobre todo para el nomos, puesto que el exordio (prooivmion) se expresa al modo de una pieza oratoria de car‡cter eminentemente doctrinario. Es principalmente en el exordio donde se plantear‡n los lineamientos de calidad metaf’sica y epistemol—gica que han de sostener la entera estructura conceptual del di‡logo.

 

                   El modelo eterno y su correspondencia con Ôlo que es siempreÕ

                   DespuŽs que se ha establecido por una segunda vez que el cosmos debe tener una causa (ÒY acerca de lo generado afirmamos una vez m‡s que es necesario que se genere por una causaÓ, 28c), a la que se le denomina, adem‡s, en el r‡pido transcurso de cuatro l’neas, ÒcreadorÓ, ÓpadreÓ, ÒhacedorÓ (28c3-6), se vuelve tambiŽn a inquirir acerca de la calidad del modelo. Debemos ya a estas alturas dar por seguro que este padre y hacedor no es otro que el mismo Dios. Ahora bien, las notas distintivas de su naturaleza son claramente trazadas. El paradigma, adem‡s de ser eterno, es algo que puede ser comprendido por la raz—n y por el pensamiento, puesto que, en relaci—n con ese paradigma y mediante una actividad intelectual, el demiourg—s model— el mundo Òconforme a lo comprensible por la raz—n y el pensamiento y que existe en s’ mismoÓ (29 a: pro;§ to lovgw/ kai; fronhvsei perileptovn kai; kata; taujta; e[con dedhmiouvrghtai), cualidades que manifiestamente se asemejan a lo que se dijo acerca de lo que es, a saber, que puede ser comprendido por la inteligencia y el auxilio de la raz—n (28a: nohvsei meta; lovgou perilhptovn). Y para completar el paralelismo, se dice del modelo que Žl est‡ siendo <existiendo> en s’ mismo (29a7: kai; kata; taujta; e[con); y de lo que es, que Žl est‡ siendo siempre en s’ mismo (28a: ajei; kata; taujta; o[n). Incluso en un paso intermedio, se plantea nuevamente que el modelo, segœn el cual el Demiurgo construy— el mundo, deb’a ser Òel que existe para consigo mismo y de igual maneraÓ (29a1). Las diferencias entre los pasajes no invalidan a mi juicio la estrecha relaci—n que se puede constatar entre ellos, y revelan, me parece, que Plat—n considera que lo que es y el paradigma son de hecho, en concordancia con la distinci—n primera, dos aspectos de una misma y sola realidad.

                   El primer resultado del acto creador ha culminado con el espect‡culo de un cielo en movimiento, Òefigie generada de los dioses eternosÓ (37c). Por otra parte, al relatar la formaci—n del tiempo, Timeo manifiesta que este fue generado Òsegœn el modelo de la naturaleza sempiternaÓ (38b), y que este modelo Òexiste por toda una eternidadÓ. Parece conveniente analizar m‡s espec’ficamente estas afirmaciones de Timeo. Para los efectos de este an‡lisis habr’a que suponer que naturaleza sempiterna (th`§ diaiwniva§ fuvsew§) es otra forma de designar Òlo que siempre esÓ; y que el modelo, segœn el sentido de la frase, es algo que pertenece o es propio de esa naturaleza; un modelo que, adem‡s, tiene una calidad de vida como la de aquella, puesto que Òexiste por toda una eternidadÓ. El significado de esta ÒnaturalezaÓ se aproxima en cierto sentido al de fuerza productora, o de poder originador; por otra parte, en cuanto se quiere significar con esta expresi—n una realidad espec’fica, se podr’a decir que se est‡ se–alando en este caso una forma natural, en fin, una substancia sempiterna. No se dice aqu’ simplemente que perdura una eternidad, sino que el modelo pertenece a algo que tiene una calidad de vida que es eterna. Esto lo sitœa en un nivel de equivalencia con el Ser. Ese es en este paso del Timeo, segœn creo, el sentido b‡sico de aijwvn (37d): es decir, Òvida eternaÓ. La palabra aijwvn (que por lo general se encuentra traducido como ÒeternidadÓ) significa en general el per’odo de una existencia, es decir, la extensi—n de una vida o un largo espacio de tiempo. En s’ntesis, el sentido b‡sico parece ser una larga duraci—n en cuanto referida a una vida, y su sentido de ÒeternidadÓ (al parecer presente por primera vez en este texto de Plat—n) deber’a traducirse como una Òvida eternaÓ.[8]  Cuando se se–ala que hay una oposici—n entre eternidad y temporalidad, tal modo de ver parece provenir precisamente de la interpretaci—n, que considero equivocada, que declara incompatibles el Ser y la generaci—n a la luz de lo dicho en 27d-28a. Si la generaci—n, y en especial el cosmos, en cuanto es imagen del Ser, es de hecho compatible con lo que es, como puede serlo, segœn lo ha planteado el mismo Plat—n, la ÒverdadÓ con la ÒcreenciaÓ (cf. Ti. 29 b-c), as’ tambiŽn, de un modo semejante la llamada eternidad y el tiempo pueden armonizar entre s’. El tiempo y esa eternidad se asemejan entre s’ por el hecho de ser ambos vida. Tiempo en este contexto significa en primer lugar temporalidad, es decir, lato sensu, el tiempo vivido por un ser inteligente llamado alma del mundo. Por otra parte, gracias a esta coordinaci—n y compatibilidad de que hablaba, se ha hecho posible el Òrelato veros’milÓ (Ti. 29 d). Este relato veros’mil es el nombre para los discursos cuya substancia no son propiamente los objetos del pensamiento, sino los sensibles que existen en el cosmos a modo de imagen de aquellos.[9]

                   Ahora bien, si el modelo es Òpor toda una eternidadÓ (pavnta aijw`na), es que comparte con el Ser esa vida eterna, lo que nos induce a preguntar quŽ diferencia podr’a haber entre ellos. En primer lugar, es claro que hay un solo modelo Òque existe para consigo mismo y de igual maneraÓ (29 a1), y que este es ÒeternoÓ, siendo adem‡s una realidad Òcomprensible por la raz—n y el pensamiento, y que existe en s’ mismoÓ (29 a 6-7). El primer aserto revela su consistencia entitativa, equivalente a la entidad de las Formas inteligibles; el œltimo (Òcomprensible por la raz—n y el pensamiento, y que existe en s’ mismoÓ), hace manifiestos a la vez su car‡cter epistemol—gico y entitativo, ya que se alude tanto a su capacidad de ser entendido como a la calidad de su existencia como realidad inteligible. Eso es, por otra parte, aquello hacia lo que miraba el Dios al construir el universo. La unidad del paradigma como una suerte de conglomerado de entidades inteligibles se hace nuevamente evidente en Ti. 31 a-b, cuando se afirma la unicidad del cielo en base a la unidad del modelo:

 

ÀAs’ que hemos hablado correctamente de un solo cielo, o era m‡s correcto decir que eran muchos e incluso infinitos? Uno solo, si habr‡ sido producido segœn el modelo. Porque lo que abarca a todos esos vivientes inteligibles nunca podr’a ser segundo frente a un otro (31 a).

 

                   De una manera adicional, entonces, se dice que el paradigma abarca las realidades inteligibles, que habr‡ que suponer son las Ideas; y por el hecho mismo que Žl las envuelve –si seguimos la argumentaci—n del ParmŽnides respecto del Uno, que quien abarca es m‡s que el abarcado (cf. Parm. 150 a4-6, 150 e6)–, ser‡ necesario concluir que el modelo es m‡s que las entidades que circunda, si bien, al mismo tiempo, podr’amos considerar que Òquien abarca, ser’a l’mite (pevra§)Ó (Parm. 145a 1).[10]

                   Pero volviendo al punto del an‡lisis actual, y al hecho de que el tiempo fue generado Òsegœn el modelo de la naturaleza sempiternaÓ (38 b), y que esto debiera considerarse como algo que pertenece o que es propio de esa naturaleza, es decir, que el modelo ser’a un constituyente, por decir as’, de esa naturaleza sempiterna, hay un texto muy sugerente que podr’a aportar a este caso una cierta clarificaci—n. Porque resulta que, segœn Timeo 39 d-e, la construcci—n de los astros en el cielo responde a la conveniencia de que Òel mundo fuese lo m‡s semejante posible al viviente perfecto e inteligible en su imitaci—n de la naturaleza sempiternaÓ. Al viviente perfecto e inteligible lo tenemos en cierta forma identificado, y es el modelo en el que pone su mirada el Dios. Pero aqu’ se dice, adem‡s, que este viviente a su vez imita a la naturaleza sempiterna, que he identificado con Òlo que siempre esÓ. Ahora bien, el sentido de la frase pro;§ th;n th`§ diawniva§ mivmhsin fuvsew§ (39 e1-2) pende de alguna manera de su parte primera, que dice referencia al esfuerzo del Demiurgo por  asemejar el mundo, que Žl est‡ construyendo, a ese paradigma que es el viviente perfecto e inteligible. Pero se hace ver a continuaci—n que este modelo viviente est‡ en un estado de tensi—n ontol—gica, en cuanto se encuentra entitativamente comprometido en la imitaci—n de aquella Ònaturaleza sempiternaÓ. Timeo le da el car‡cter de relaci—n (pro;§ th;n mivmhsin) a esa referencia que Žl se–ala en el viviente inteligible para con la naturaleza sempiterna (que es otro modo de designar a lo que siempre es de 27d 6), que en propiedad se denomina Òimitaci—nÓ. Esto significa, en consecuencia, que as’ como el mundo est‡ imitando el modelo, as’ tambiŽn el modelo imita al Ser, to; o[n ajeiv; y que, por tanto, el modelo est‡ en referencia con el Ser, de un modo semejante a como todo lo que imita est‡ en un cierto tipo de dependencia ontol—gica de aquello que imita. Pero resulta que el mismo Timeo ha dicho que es un modelo Òperfecto e inteligibleÓ, por lo que la distinci—n entre Ser y modelo solo tiene sentido en raz—n de algo que est‡ entendiendo all’, y eso es el Dios demiurgo. En consecuencia, para los efectos de un discurso veros’mil acerca de la creaci—n, el Ser o lo que es, en cuanto es la causa de la existencia de un cosmos, es el ÒcreadorÓ, el ÒpadreÓ, el ÒdemiurgoÓ. No es raro entonces que m‡s adelante Timeo utilice con propiedad el vocablo ÒInteligenciaÓ (Nou`§) para referirse a una realidad, no otra que el Ser, que habr‡ de entrar en tratos con la Necesidad. La Inteligencia es el Demiurgo con todo su proyecto creativo (un sentido posible de paradeigma), quien tiene sin embargo que transar con la Necesidad y establecer con ella una asociaci—n, suvstasi§, al modo de una constituci—n pol’tica (cf. Rep. 546a, Leyes 702d) surgida de la persuasi—n y el compromiso.

                   Porque en estricto sentido el paradigma es propiamente otro aspecto de la presencia del bien a modo de manifestaci—n inteligible de este, que da forma a todo el plan de la creaci—n, y que se hace patente en el deseo del Dios de que Òtodas las cosas fueran buenas y que en lo posible nada fuera defectuosoÓ (Ti. 30 a). Un texto de Repœblica puede ilustrar cu‡l es aqu’ la situaci—n del Demiurgo con respecto al bien, su actitud contemplativa frente a este, y el uso que el Dios hace del paradigma, ahora inteligible, para llevar a cabo sus objetivos de bondad. Los fil—sofos, cumplidos los cincuenta a–os, deber‡n sacrificarse en la pol’tica y el gobierno cuando les llegue su turno,. Ellos se ver‡n obligados a levantar el rayo luminoso del alma, y a:

 

dirigir la mirada hacia aquello que proporciona luz a todos,  y al ver el bien mismo, utiliz‡ndolo como un modelo, ordenen tambiŽn la ciudad, tanto a los particulares como a s’ mismos, por el resto de sus vidas. . . (Rep. 540 a-b)

 

Esto significa que hay un objetivo superior, una obligaci—n para los fil—sofos de compromiso social, que surge de su contemplaci—n del Sol, v‡stago del bien. En el Timeo, asimismo, la presencia de un Demiurgo bondadoso podr’a significar que hay que reconocer en Žl una visi—n del bien; una visi—n que en Žl se consolida como viviente eterno, una suerte de mundo poblado de realidades inteligibles. Solo as’ podremos concebir un Artesano bueno que pone en ejecuci—n formas concretas de creaci—n y belleza, mediante metas de ordenamiento c—smico:

 

Porque no estaba ni est‡ permitido al mejor hacer sino lo m‡s bello (Ti. 30 a).

 

                   Son prop—sitos que armonizan con el principio supremo que analiz‡bamos m‡s arriba, y que ponen el discurso veros’mil en la necesidad de hacer manifiesta en el Ser una distinci—n entre una Inteligencia y un paradigma. Esta es la raz—n por la que me he referido al car‡cter articulador del paradigma, significando con ello una cierta capacidad del modelo para unir dos piezas fundamentales del proceso de la creaci—n, a saber, el Dios artesano, junto a su producci—n art’stica que es el mundo. Es en ese sentido que se dice que el paradigma articula, en cuanto que une piezas que giran a su manera con una libertad compatible con su propio nivel entitativo: la acci—n del Dios y su actividad benŽfica, y el mundo, como criatura de la artesan’a divina, moviŽndose y viviendo en su propio espacio cercado de alma. Entre Dios y el cosmos est‡ el paradigma, que por ser eterno, es parte del Ser y se confunde con Žl, puesto que son, por una parte, como los objetos de su acto intelectual eterno, y, por otra, la pauta inteligible de su prop—sito de enmienda en la creaci—n. Para los objetivos de un discurso sobre el cosmos, el Ser es el Demiurgo y la Inteligencia; y el paradigma es lo que abarca los contenidos inteligibles de su proyecto creativo. Ese es el modelo perfecto y eterno al que miraba el Dios.

 

 

Publicado en DiadokhŽ Revista de estudios de filosof’a plat—nica y cristiana (2001) pp. 9-21

 

 

 

                  

 



[1]  Como afirma E. Ostenfeld, ÒThis means that it is a whole in some organic senseÓ (ÒThe Role and Status of the Forms in the Timaeus: Paradigmatism RevisitedÓ, en Interpreting the Timaeus-Critias, T. Calvo, L. Brisson editores, Academia Verlag Sank Augustin 1997, p. 168.

[2]  Este punto ya ha sido desde diversas perspectivas analizado por los estudiosos. Valga, a modo caracterizaci—n general, lo dicho por A. Freire Ashbaugh, en Plato«s Theory of Explanation, New York 1988, pg. 9: ÒAll images are generated and all generated things are images, because to be an image is to stand in a particular relation to a paradigmÓ.

[3]  A. J. Festugi�re, Proclus Commentaire sur le TimŽe, II, 224 n. 3, Paris 1967.

[4] Aqu’ Proclo utiliza eJautw/` paraplhvsia: ThŽologie Platonicienne V, 61, 7 ed. Saffrey Westerink, Paris 1987.

[5] A. E. Taylor, A Commentary on PlatoÕs Timaeus, Oxford 1972 (19128) 32.

[6] G. E. L. Owen, ÒThe Place of the Timaeus in PlatoÕs Later DialoguesÓ, en Ed. R. E. Allen Studies in PlatoÕs Metaphysics, London 1967 (1965) 332.

[7] H. F. Cherniss, ÒRelation of the ÔTimaeusÕ to PlatoÕs later DialoguesÕ, en Ed. R. E. Allen, p. 354.

[8]  Estos sentidos de duraci—n pueden verse en Liddle/Scott/Jones, A Greek-English Lexicon; para aion como ÒeternidadÓ, segœn LSJ, y su uso plat—nico como opuesto a khronos, cf. ibid. Los otros œnicos usos de aijwvn en Plat—n (Gorgias 448 c, Leyes III 701 c, y Prot‡goras 345 c) se–alan el transcurso de la vida humana.

[9]  Esto revela que uno de los objetivos principales del Timeo tiene un car‡cter epistemol—gico, de modo que el discurso veros’mil apunta a una soluci—n de tipo gnoseol—gico con respecto a la verdad que pueden contener los objetos del cosmos. En este sentido podr’a entenderse la afirmaci—n de R. D. Mohr: ÒThe presence of measures and standards in the phenomenal realm then benefits that realm by largely constituting its intelligibilityÓ (ÒPlato«s Theology Reconsidered: What the Demiurge DoesÓ, en J. P. Anton/A. Preus (Eds.) Essays in Ancient Greek Philosophy III New York 1989, pg.300.

[10]  Si bien F. M. Cornford habla de una ÒForma genŽricaÓ, cosa que no est‡ a mi juicio propiamente en la mente de Plat—n en este texto, su explicaci—n puede ser œtil para entender esta realidad (Cf. PlatoÕs Cosmology, London 1971 (1937) pp. 39-41. Como Žl dice acertadamente, Òthe model is not a piece of mythical machineryÓ (Ibid. p. 40).