ÒEl itinerario alado del Eros en el Fedro de Plat—nÓ
Oscar Vel‡squez
Una atm—sfera de sutil movimiento envuelve el espacio dram‡tico del Fedro. No es nuevo, por supuesto, que S—crates se encuentre con alguien al inicio del di‡logo, y que uno de los dos pregunte, como en este caso: ÒÀAd—nde vas, mi querido Fedro, y de d—nde vienes?Ó (227 a).[1] En este caso la pregunta est‡ muy bien encaminada, ya que la respuesta de Fedro de que ir‡ a dar un paseo Òfuera de la murallaÓ, es un anuncio anticipado del lugar en que se habr‡ de desarrollar en definitiva este extraordinario encuentro. S—crates casi nunca sale de la ciudad, y solo el Lisis lo muestra en el inicio por el camino que va desde la Academia, pegado junto a la muralla de la ciudad. Pero ahora lo mueve el deseo de o’r discursos, si bien, tanto en el Lisis como en el Fedro, los temas de la amistad y el amor se prestan para esta peque–a transgresi—n; es decir, parece mejor hablar acerca de estos temas relacionados con los afectos amorosos Òfuera de la murallaÓ, y m‡s aun, ahora –desvi‡ndose un poco m‡s hacia el sur oriente de la ciudad– marchar bajando Òa lo largo del IlisoÓ. kata; to;n jIliso;n significa en este caso que se aprestan a caminar Òsiguiendo la corrienteÓ del r’o. Este camino Òhacia abajoÓ ha de culminar muy pronto en el entorno de un locus amoenus, un Òbello lugar de arriboÓ (230 b).[2] Est‡ bien que por ahora vayan los dos bajando, puesto que muy pronto habr‡n de subir muy alto mediante un inspirado discurso pronunciado por S—crates. All’ mismo hay un platanus orientalis, as’ como en las Nubes de Arist—fanes el Discurso Justo invitaba a Fid’pides a descender hacia la Academia, caminar entre los olivares sagrados gozando de la estaci—n primaveral, Òcuando el pl‡tano murmura con el olmoÓ (v. 1008). En el Fedro, en cambio, es el agnocasto el arbusto dialogador, es Žl el que llena de fragancia el entorno que preside ese pl‡tano de gran copa. Al agnocasto (vitex agnus castus), llamado tambiŽn sauzgatillo, se le consideraba un calmante de la pasi—n amorosa. El Òalt’simo pl‡tanoÓ a cuya sombra (skiav) se podr‡n ambos sentar e iniciar el rito de los discursos (229 a-b), aparece ahora, ya m‡s cerca, como Òfrondoso y altoÓ; y el agnocasto, por su parte, que es un arbusto de no m‡s de cuatro metros, y por consiguiente mucho m‡s peque–o, luce Òbell’simo en su altura y espesa sombraÓ, impregnando la cercan’a de fragancia, Òpuesto que en el apogeo de su florecimientoÓ (230 b). De este modo, en la descripci—n del entorno –desde que Fedro avista el Òalt’simo pl‡tanoÓ (229 a) hasta el momento del arribo junto al Iliso, 43 l’neas m‡s adelante– se van se–alando los accidentes de una ruta que var’a y se transforma con la perspectiva en movimiento de los caminantes. El transcurrir de las horas, mientras tanto, se dejar‡ sentir tambiŽn en el di‡logo, y, con su Òcalor ardienteÓ (pri;n a]n to; kau`ma parevlqh,/ Fdr.242 a), pronto llegar‡ para ellos el mediod’a (meshmbriva), aunque m‡s tarde habr‡ tiempo aun (Òtenemos tiempo, a lo que pareceÓ, dice S—crates m‡s adelante, 258e) para escuchar a las cigarras y evitar adormilarse a la hora de la siesta; ya llevan tres discursos y falta todav’a bastante que conversar. Mi c‡lculo indica que el segundo discurso de S—crates –su retractaci—n a sus dichos anteriores sobre el Amor– coincide con el cenit del Sol y su lento y a la vez persistente declinar hacia occidente. ÀQuŽ puede significar todo esto? Yo realmente no lo sŽ, cabalmente, pero sospecho que es parte de una escenificaci—n consciente, en que el espacio y el tiempo se funden con un arte inigualable. Pero quiz‡ algo se pueda decir por el momento, y es que este paisaje vivo, como una perspectiva cinŽtica de seres que avanzan mientras perciben el entorno, es un marco adecuado para la topograf’a celeste del segundo discurso de S—crates, con toda la figuraci—n del hyperour‡nion topos, y las almas que avanzan mientras contemplan la verdad. Este descenso a lo elemental, al agua fr’a de Òla fuente que mana bajo el pl‡tanoÓ (230 b), muy cerca del Òlugar de descensoÓ (katagwghv, 230 b) junto al r’o y la fragancia del arbusto en flor, donde incluso los Pegasos se hacen presentes a la imaginaci—n (229 e), nos sugieren ya un di‡logo en que el mundo y su cosmolog’a de planos en movimiento ocupan un lugar preponderante. Estas escenas introductorias nos previenen mejor para entender la funci—n que cumple en el di‡logo el descenso y el ascenso de las almas al lugar celeste; as’ como la raz—n aparente de los movimientos orbitales en un universo en que, las rotaciones de la mole del mundo, condicionan el destino de los descensos y encarnaciones de las almas as’ como la marcha de los carros alados de los dioses y los humanos.
Dejemos, sin embargo, por ahora la levedad de estos espacios inteligibles para centrarnos en otros pasos del texto. Una vez que S—crates ha pronunciado su primer discurso, en que debe defender a rega–adientes la superioridad del no-enamorado y su aparente racionalidad, en desmedro del enamorado y su locura, la se–al divina ha impedido a S—crates dejar el lugar: Žl debe ahora purificarse del delito cometido contra el Amor. El segundo discurso ser‡, entonces, una suerte de ofrenda conciliatoria presentada al dios a modo de discurso de pœblica retractaci—n ante la ofensa. Tanto el discurso de Lisias sobre el no-enamorado as’ como el discurso gemelo de S—crates, se han basado en los principios de la ret—rica que, descuidando la verdad, se preocupan sobre todo de persuadir. Ahora es preciso pronunciar la alabanza del amante; si bien el objetivo sigue siendo uno de persuasi—n, y que de acuerdo con la naturaleza del dios, la palabra conduzca al joven amado a conceder finalmente su favor al enamorado. De acuerdo entonces con nuestro tema central, me propongo analizar el itinerario alado del Eros (palabra que para todo buen entendedor tiene en espa–ol el nombre de Amor como deseo y pasi—n amorosa), y ubicar en el espacio del texto su punto de inicio: y ocurre que todo comienza con la locura, man’a, un estado an’mico procedente de los dioses, que es en primer lugar, en cuanto capacidad profŽtica, una suerte de delirio opuesto a la cordura, sophr™sœne, la cual proviene de los hombres. La locura de las oraciones, el culto y los ritos purificadores, revela que la man’a se puede constituir, a su vez, en un estado de separaci—n que libera (ajpallagh;n) y que rescata (luvsin) al alma (244 d-e). El tercer estado de posesi—n y de locura muestra que la inspiraci—n poŽtica es tambiŽn un tipo de demencia divina. Ahora bien, el Amor, que es el cuarto tipo de man’a, se presenta en el Fedro como el tema sobre el que S—crates debe en primer lugar realizar una explicaci—n: a saber, Òque los dioses le han concedido esta forma de locura para su m‡s grande fortuna: esta demostraci—n sin duda no ser‡ convincente para los esp’ritus sutiles, pero convencer‡ a los sabiosÓ (245 b-c).[3]
La demencia, en consecuencia, en sus cuatro gŽneros est‡ en la base de la discusi—n, y esta man’a no es un mal sino que, por el contrario, es para las almas la fuente de los mayores bienes, Òpuesto que ella ciertamente es otorgada por donaci—n divinaÓ (244 a). Y siendo, por otra parte, el Amor la demencia que los dioses env’an al amante y al amado para su m‡s grande fortuna (eujtuciva/), parece natural que sea necesario saber primeramente quŽ es el alma. Esta eujtuciva de la que se habla no deber’a, creo yo, traducirse como ÒfelicidadÓ. Lo que est‡ en juego con el amor es otro tipo de cosa, que tiene que ver con la obtenci—n de algo bueno que a uno le toca en suerte poseer. Ella se relaciona por eso de algœn modo con la ÒfortunaÓ. Son ciertos aspectos positivos del verbo tugcavnw (Òobtener, hallar por azarÓ), y el substantivo tuvch (Òhallazgo, fortuna, suerte, de donde felicidad o desgraciaÓ) los que aqu’ adquieren relevancia. En esas circunstancias, es preciso entender eujtuciva, creo yo, al interior del gran esquema cosmol—gico de almas en movimiento que gu’an sus carros en el cielo, mientras cada alma Òacompa–aba en su camino a la divinidad, miraba desde arriba las cosas que ahora decimos que son, y levantaba la cabeza para ver lo que es en realidadÓ (Fdr. 249 b). Sin rotaci—n no hay eujtuciva, y esta Òbuena fortunaÓ est‡ firmemente ligada al devenir del cielo y el destino circular por Žl trazado. Solo el amor, como locura divina, parece hacer posible una liberaci—n no sujeta enteramente a la necesidad. De ah’ que el tema del alma, entonces, entra de lleno en el an‡lisis del Fedro, y permanecer‡ en este como un punto capital a lo largo de todo el di‡logo, pues el eros es cosa del alma.
Habr’a que entender, por consiguiente, que cuando a continuaci—n S—crates inicia ese famoso p‡rrafo de Fedro 245 que comienza: ÒToda alma es inmortal. En efecto, lo que siempre se mueve es inmortalÓ, est‡ precisamente relacionando el Eros con el alma. SŽ que es una frase que ha sido muy discutida por los estudiosos; pero me permito afirmar, a la luz de lo ya analizado, que al decir Òtoda almaÓ, Plat—n se est‡ refiriendo m‡s espec’ficamente al alma en su conjunto, a todo tipo de alma, es decir, tanto a la humana como a la divina; y que Òlo que se mueve siempreÓ (to; ajeikivnhton) es equivalente a Òlo que se mueve a s’ mismoÓ (to; aujto; auJto; kinou`n, 245 d). La frase en referencia, en su totalidad dice textualmente: ÒAs’ entonces, es principio de movimiento lo que se mueve a s’ mismo. Y esto no puede perecer ni originarse, o, de lo contrario, todo el cielo y toda generaci—n, viniŽndose abajo, se inmovilizar’an, y no habr’a nada que, al originarse de nuevo, fuera el punto de arranque del movimientoÓ.[4] Ahora bien, no es mi intenci—n examinar la totalidad del problema planteado en este dif’cil paso del di‡logo, sino poner en evidencia ciertos aspectos que se relacionan con los temas que he estado analizando. Las almas divinas son los dioses estelares, que evidentemente se mueven conforme a un rito circular.[5] Son dioses sensibles, almas inmortales existiendo en cuerpos inmortales, delimitando un espacio sagrado e inteligible en el cielo. De ah’ que ÒalmaÓ en este contexto del discurso de S—crates sea, en primer lugar, dioses en movimiento dando vida al entorno celeste del universo. Si estas almas divinas se detienen, todas las revoluciones celestes se detendr’an; y con ellos la vida del universo y nosotros, cesar’an. Esto no es esoterismo, sino cosmolog’a plat—nica perfectamente compatible con la doctrina del Timeo; y su teolog’a astral, est‡ en plena concordancia con la Leyes, y si se quiere, adem‡s, con el Ep’nomis. Sin este contexto orbital, que en esos di‡logos no tiene nada de mitol—gico, la teor’a del amor esbozada en el segundo discurso de S—crates en el Fedro, no podr’a cobrar su verdadero sentido. Aqu’, como en el Timeo, Plat—n encamina su discurso segœn las normas de lo veros’mil, y en concordancia por tanto con las reglas de la ret—rica en el nivel en que Žl la quiere colocar. La pasi—n amorosa, es decir, el Eros, es una locura divina que nos toca en suerte vivir en este mundo, en relaci—n con un orden divino que est‡ en actividad en ese otro mundo. Todos estuvimos all‡, cada cual hizo lo que pudo con su carro y sus caballos, se aliment— como pudo de los bellos espect‡culos de arriba, y en un momento he aqu’ que descendi— y naci—. No hablo de las almas de los dioses, sino de Òlas restantesÓ (248 a) que siguen a la divinidad y se le asemejan m‡s (ibid.), o que Òsiendo arrastradas por el movimiento circularÓ tratan de adelantarse unas a otras en forma tumultuosa. Todas las almas, las m‡s h‡biles o las menos afortunadas siguen algœn tipo de movimiento circular en las revoluciones celestes. La que desciende a la vida terrestre, por mediaci—n del amor por un ser bello comienza a recordar lo que vio, y le salen alas. Puede en un momento elevarse, por fin, y gracias a las alas suscitadas por el amor, emprender finalmente el vuelo a la regi—n originaria.
El relato del Fedro, como dec’a, se asemeja en diversos puntos al Timeo. En este œltimo di‡logo, las almas humanas son hechas de los restos que quedaron de la fabricaci—n del Alma del mundo; estas almas viven al inicio en los astros y est‡n sujetas a una ley del destino que en algœn momento las har‡ generarse en cuerpos. Ellas, adem‡s, han sido sembradas en los —rganos del tiempo, es decir, en la regi—n celeste.
Ahora bien,
cuando sean de necesidad procreadas en cuerpos, y unas entren y otras salgan de
sus cuerpos, en primer lugar ser’a necesario que en todas ellas surgiera
connatural una sola sensaci—n procedente de violentas afecciones, y en segundo
lugar el amor, que est‡ mezclado de placer y de dolor, y despuŽs de ellos, el
temor y la c—lera, y todas las afecciones que les acompa–an, y las que son
contrarias por naturaleza: si lograran gobernarlas vivir’an en justicia, pero
si fueran gobernados por ellas, en injusticia. Y el que una vez que ha vivido
bien el tiempo conveniente marcha de nuevo hacia la morada de su astro
familiar, tendr‡ con Žl una vida en feliz intimidad (Timeo 42 a-b).
Esto es solo parte de lo que se podr’a examinar en relaci—n con la cercan’a tem‡tica de ambos di‡logos, pero los asuntos planteados en el Fedro exigen un nuevo examen. Hay en este discurso de S—crates el desarrollo de un s’mbolo espacial, un topos, un lugar en que se despliega la verdad (to; ajlhqe;§/peri; ajlhqeiva§, 247 c), pues la verdad, de acuerdo con lo que se dice en este paso, es algo que reside en el Ser, que es esencia intangible que realmente es (oujsiva o[ntw§ ou|sa, 247 c). Claramente aqu’ la verdad es algo que se ejerce mediante contemplaci—n (qewrou`sa, 247 d) de algo que est‡ en ese topos huperour‡nios, segœn que lo que all’ est‡ es objeto de la visi—n de los dioses, y de toda alma que se preocupa por recibir lo que le es propio: es Òla ciencia de lo que es la verdadera realidadÓ (247 e). Todo esto est‡ sucediendo en aquel topos con cada alma, Òhasta que la revoluci—n astral la haya hecho circular en redondo en direcci—n de lo mismoÓ. Es mi traducci—n interpretativa de e[w§ a]n kuvklw/ hJ perifora; eij§ taujto;n perienevgkh/, Fdr. 247 d). Lo ÒmismoÓ es la esfera rotante de las estrellas fijas, la m‡s externa y divina frontera del mundo. Este ejercicio de topograf’a inteligible nos lleva a concluir que el alma divina (y por mayor o menos tiempo, la humana) conoce la verdad –Òvisible œnicamente para el piloto del alma, el entendimientoÓ (247 c)–, en el acto de una visi—n orbital. Este es, a su vez, el objetivo supremo del hombre, y la raz—n del papel privilegiado de Eros como fuerza elevadora hacia all‡.
Ahora bien, se supone que la filosof’a (en especial como amistad del saber) tiene una funci—n decisiva en la vida del alma humana. Pero, evidentemente, ella es algo que se ejerce aqu’, en vistas de lo de all‡, y a semejanza de lo que all‡ realmente acontece. Por tanto, la filosof’a funciona en este mundo en la medida que mejor se tenga consciencia de su car‡cter de imagen, y en consecuencia, de su poder transportador. La filosof’a se ejerce en esa consciencia anag—gica (es decir, que eleva) del mundo. Para eso, sin embargo, hay que aprender a mirar al modo como de la mejor manera se mira en el cielo. De ah’ que, por su parte, Timeo hable del bien m‡s grande de los ojos y la visi—n:
Porque ninguno de los razonamientos que ahora se dicen
acerca del universo habr’a alguna vez sido expresado de no haberse visto ni los
astros, ni el Sol, ni el cielo. (...) gracias a ello se nos suministr— un
gŽnero de filosof’a, un bien mayor que este concedido por los dioses no ha
llegado ni vendr‡ jam‡s al gŽnero mortal.
Y a–ade luego:
Un dios
invent— y concedi— la visi—n, para que observando los circuitos del
entendimiento en el cielo, los utiliz‡ramos para las —rbitas del pensamiento en
nosotros; puesto que nuestras —rbitas son afines a aquellos circuitos, —rbitas
perturbadas, estas, a circuitos imperturbables, aquellos (Timeo 47 a-b).
Esto es la Filosof’a para el Timeo; y aqu’, en el Fedro, parece que se nos da una indicaci—n de porquŽ esto es as’, y quŽ hay que hacer, con la ayuda del Amor, para remontarse a la realidad superior.[6] El poder del Amor est‡ en su capacidad de suscitar el recuerdo. Las almas, a su vez, que han quedado entorpecidas por el olvido y la maldad, pierden las alas y caen en tierra; y si ellas son injustas Òse olvidan de las visiones sagradas que hab’an entonces contempladoÓ (250 a). En esto se fundamenta el poder del Amor: en que va debilitando el olvido por medio de la evocaci—n de la belleza, Òla œnica, dice Plat—n, que tuvo esa suerteÓ (250 d); es decir, la œnica, entre otros espect‡culos de all‡ que mantiene por su esplendor un suficiente poder evocador. El recuerdo, entonces, que el Amor produce es el de la belleza en s’, la que gracias a un rostro o un cuerpo divinamente bello suscita la ocasi—n para el retorno al Ser. La belleza produce una Òemanaci—n por medio de los ojosÓ (th;n ajporroh;n dia; tw`n ojmmavtwn, 251 b) que reanima la naturaleza del ala, y que Plat—n lo relaciona con el joven amado que hace germinar, mediante el amor que produce, el ala del enamorado.[7] Aqu’ se inicia el itinerario alado del amor, que parte de los ojos, y que culmina en la visi—n de la Verdad en el cielo. El amor, no hay que olvidar, es man’a, y si esta afecci—n y ascenso consiguiente tiene las caracter’sticas de la dialŽctica plat—nica, la especificidad est‡, a mi juicio, en que lo que suscita todo el proceso es en este caso un ser particular, alma y cuerpo. Y a diferencia del Banquete, no se hace referencia a un proceso ordenado de ascenso hacia lo bello, que tiene toda la apariencia de un desarrollo racional. Hay en todo caso en el Banquete un momento culminante con caracter’sticas de iniciaci—n religiosa, cuando el enamorado, vuelto hacia el mar inmenso de lo bello, engendra al contemplarlo multitud de magn’ficos discursos y pensamientos nacidos de la filosof’a. El Banquete ciertamente preludia e inicia ya la fuerte relaci—n que en el Fedro se establece entre la filosof’a y la ret—rica, si bien en el primero se pone Žnfasis en una contemplaci—n sucesiva (qewvmeno§ ejfexh`§) y en un correcto orden de las cosas bellas, porque el recto camino hacia las cosas del amor en el Banquete es a partir de las bellezas de este mundo, y es un elevarse continuo (ajei; ejpanievnai), como en escalones (w{sper ejpanabasmoi`§) hacia aquel objeto supremo de belleza. En el Fedro en cambio el discurso de S—crates pone de manifiesto el poder de la relaci—n amorosa y su capacidad de suscitar ella misma y de presidir una elevaci—n espiritual, en que la demencia (maniva), es decir, un estado de ardor y delirio inspirado por la divinidad, ocupa un lugar central.[8]
El Fedro ha comenzado as’ con dos discursos que dejan en evidencia un aspecto fundamental del di‡logo, a saber, la ’ntima relaci—n que hay entre la palabra y la persuasi—n amorosa. Los dos primeros discursos intentan persuadir renegando del enamorado. El tercero, celebra al enamorado, y por tanto, al Amor, pero siempre teniendo en cuenta que hay un concreto receptor del discurso, un joven, el amado, al que se supone hay que persuadir para inducirlo a la amistad. Estamos, por consiguiente, tambiŽn en el terreno de la ret—rica, el arte del bien decir, tanto hablado como escrito. Pero la persuasi—n para S—crates no proviene de la opini—n sino de la verdad, por lo que el enamorado, que es el fil—sofo, y que ha sabido elevarse al topos del Ser, est‡ en situaci—n de mayor ventaja que el simple ret—rico. Porque la ret—rica –y aqu’ est‡ una de las contribuciones m‡s extraordinarias del Fedro– ser’a, afirma Plat—n, Òun tipo de evocaci—n de las almas mediante las palabrasÓ. La ret—rica, entonces, ser’a una yucagwgiva, que significa en primer tŽrmino Òevocaci—n de las almas desde los infiernosÓ, pero que en nuestro texto tiene una significaci—n general de ganarse las almas de los hombres, conducirlos a la persuasi—n; de ah’ que en un sentido figurado se pueda decir que es Òevocaci—nÓ. Y si bien psukhag™g’a es un tŽrmino que apenas se usa dos veces en todo el Fedro, y œnicamente all’ en toda la obra de Plat—n, este se ubica en un contexto clave del di‡logo. De su primer uso en Fedro 261, queda en evidencia que psukhag™g’a se utiliza para describir a la actual ret—rica, y que se hace uso de ella en el arte de la controversia, donde se da por lo comœn el enga–o entre cosas que difieren poco entre s’. Es decir, es una tŽcnica que permite irse apartando gradualmente, mediante semejanzas, de algo hasta llegar a su contrario. Lisias, en su discurso primero del Fedro ha pretendido utilizar este arte de ocultaci—n de la verdad mediante un h‡bil uso de las semejanzas y las desemejanzas. As’ es como intenta persuadir al joven, haciendo un uso de la psukhag™g’a: es decir, Lisias quiere seducir el alma del muchacho mediante su procedimiento ret—rico. Se le llama aqu’ d�m�gor’a. De hecho, piensa S—crates ahora, esta utilizaci—n de cosas que difieren poco y que hace posible el enga–o, es un arte œnico, Òque se extiende a todas las formas de la palabraÓ (261 e).
Hay otra forma, sin embargo, de persuadir mediante una ret—rica reformada. El segundo uso de psukhag™g’a va a mostrar ahora su importancia. Antes que nada, Òsi se ense–a a alguien la elocuencia aplicando las reglas del arte, se mostrar‡ en su realidad, de una manera exacta, la naturaleza del objeto al cual el alumno deber‡ entregar sus discursosÓ (270 e). Es decir, el arte de hablar supone el conocimiento de un objeto: es decir, de aquellos a quienes se dirige la palabra. Porque todo verdadero arte de persuadir, entonces, todo arte ret—rico segœn el nuevo concepto plat—nico: Òdescribir‡ en primer lugar y con toda exactitud el alma, y har‡ ver en ello si es por naturaleza una e idŽntica o –como pasa con la forma del cuerpo–, si es tambiŽn de muchos aspectos. A esto es a lo que llamamos mostrar la naturaleza de una cosaÓ (Fdr. 171 a). Hay que acomodar de esta manera los gŽneros de discursos a las clases diversas de almas, como por ejemplo en el cielo los coros diversos de almas segu’an a su dios tutelar. En esas circunstancias, habr‡ tantos tipos de discursos como especies hay de almas; y habr‡ una aplicaci—n concreta en cada caso, de modo que a ese tipo de hombres se le aplicar‡ tal clase de argumentaci—n. De aqu’ se puede deducir, en consecuencia, que lo que Plat—n llama ahora psukhag™g’a es el nuevo arte de la palabra, que busca persuadir con la verdad. Los discursos sobre el amor, y en forma relevante el segundo discurso de S—crates, han demostrado ser los ejemplos maestros de esta nueva propuesta filos—fica: ÒPuesto que lo propio del discurso es ser una psukhag™g’a (afirma al presente S—crates, es decir, Ôun arte de conducir las almasÕ), quien se propone ser un h‡bil orador debe necesariamente saber cu‡ntas especies de almas hayÓ; y un poco m‡s adelante agrega: ÒUna vez hechas las distinciones se pasa a los discursosÓ (271 c-d). As’ entonces, la psukhag™g’a, la tŽcnica evocadora de las almas, o bien, el arte conductor de almas, se muestra como el elemento articulador clave entre una teor’a del amor y un arte de la ret—rica fundada en el respeto a la realidad cosmol—gica del mundo en su integridad. Al interior de ese universo, almas de dioses giran, y almas de humanos, segœn los casos, suben o descienden.
Al final del Fedro, Pan, hijo de Hermes, y agreste divinidad de reba–os y pastores, es invocado por S—crates en una bella oraci—n. Ya hab’a aparecido fugazmente antes, al ser mencionado, junto con las Ninfas del Aqueloo, como m‡s dotados para el arte oratoria que Lisias (263 d). Ahora bien, las razones del porquŽ de esta invocaci—n final pueden ser muchas, y sin duda es razonable que una divinidad pastoril y enamoradiza, divinidad del lugar en que est‡n, tuviera alguna menci—n de despedida. Algo me dicen por otra parte las pezu–as, cuernos y orejas de macho cabr’o de este dios de Arcadia, segœn algunos inventor del caramillo. Podr’a simbolizar esta doble condici—n de los humanos, en parte sometidos a la tierra y sus pasiones, y en parte, como un dios, abiertos al mundo de la realidad sin color. Pero Pan es adem‡s hijo de Hermes, Òel inventor del lenguaje y la palabraÓ como dice Plat—n en el Cr‡tilo (408 a). Pan tiene adem‡s, por decir as’, en sus propios genes etimol—gicos mucho que ver en el asunto, segœn piensa Plat—n. ÒTœ sabes –dice en el Cr‡tilo dirigiŽndose a Herm—genes– que Òel discurso (oJ lovgo§) manifiesta la ÔtotalidadÕ (to; pa`n) y que se mueve alrededor (kuklei`) y no deja de hacer girar (polei`); y que es doble, verdadero y falsoÓ (408 c). Yo tiendo a tomar en serio el Cr‡tilo de Plat—n, y he encontrado aqu’ una raz—n m‡s para ello. No pod’a ser m‡s adecuado para el fil—sofo que finalizar un di‡logo tan art’stico como el Fedro con esta fina nota en forma de oraci—n. La totalidad, to pan, es tambiŽn para el o’do griego, y en especial para Plat—n, el universo, el mundo. Y hab’amos visto quŽ es lo que las almas de lo divino en primer lugar, y lo humano tambiŽn, hacen, con su movimiento circular, que les permite contemplar el ser y la verdad (247 d). Pan a su vez es de Òdoble naturalezaÓ (difuh`, Crat. 408 b), y es asimismo ÒdobleÓ, o si se quiere Òequ’voco, ambiguoÓ (diplou`§, Crat. 408 c). De un modo semejante, el Fedro se nos muestra en su doble condici—n de di‡logo sobre discursos amorosos, equ’vocos ellos mismos, y sobre el Amor en particular, Žl mismo de doble naturaleza. Pan pod’a tambiŽn, segœn la percepci—n de los antiguos griegos, enviar la locura;[9] e indudablemente S—crates lo considera aqu’ uno de los dioses del lugar; y sobre todo, como bien lo se–ala W. Burkert: ÒEl dios macho cabr’o Pan, permanece en el l’mite de la cultura de la polis y de la misma humanidadÓ.[10] Esto parece armonizar bien con un aspecto al menos de esta breve oraci—n en honor del dios, quiero decir, en su juego entre lo interior y lo exterior del ser humano;[11] que la oraci—n dice as’:
Querido
Pan, y todos los otros dioses de este lugar, concŽdanme el ser bello en mi
interior; y que todo lo que tengo en mi exterior estŽ en amistad con lo de
dentro; que considere rico al sabio, y que el total de mi dinero sea lo que
nadie sino el hombre moderado puede llevar consigo o transportar (Fdr. 179 b-c).
Pero hay que volver a la ciudad y penetrar en sus murallas; y S—crates invita a su compa–ero a partir: i[wmen, Òv‡monosÓ. El di‡logo se hab’a desarrollado en ’ntima relaci—n con una topograf’a real, en que las particularidades del terreno se ajustaban al ritmo mismo de la conversaci—n; ahora, al final, cuando todo termina, es preciso dejar el espacio que delimitaba el encuentro y volver a la ciudad, la œnica magnitud concreta en que S—crates considera que puede vivir. El lugar junto al r’o queda as’ convertido, por la magia de este œltimo desplazamiento de retorno, en un ‡mbito nuevo de car‡cter ideal.
Trabajo publicado en:
Centro de Estudios Cl‡sicos
Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educaci—n
Santiago de Chile (2001) 75‑85
[1] Ver, por ejemplo, en los inicios, Lisis 203 a, Prot‡goras 309 a, MenŽxeno
234 a.
[2] Nh; th;n {Hran, kalhv ge hJ katagwghv.
[3] Parecen aqu’ estar en juego
los dos aspectos del pensamiento plat—nico, el de un Plat—n que es a la vez racionalista e irracionalista. ÒLes deux aspects sont nŽcessairement liŽs: seul
celui qui est capable dÕ�tre la victime de la mania dÕEros est en mesure de laisser Žpanouir plainement son nožsÓ, T. A. Szlez‡k, ÒDialectique orale
et ÔjeuÕ Žcrit: le Ph�dreÓ (versi—n
francesa), en Revue de philosophie
ancienne XVII, 2 (1999) p. 10.
[4] He preferido la traducci—n
de Emilio Lled— ê–igo (Biblioteca Cl‡sica Gredos, Plat—n Di‡logos III p. 344, por su mayor precisi—n).
[5] Estos dioses de los que
habla Plat—n, est‡n en ’ntima relaci—n con los sentimientos amorosos que en
esta tierra experimenta el fil—sofo. De ah’ que, como dice R. BodŽŸs, Òle
philosophe parle des dieux quand il sÕinterroge sur lÕamour, parce que lÕamour
se donne comme la passion o� lÕon peut Žprouver la presence de dieuxÓ; ÒLe
philosophe et le dieux du Ph�dreÓ, en
Understanding the Phaedrus, Silvio
Rossetti Editor, Sankt Augustine 1992, p. 248.
[6] El tema se conecta de algœn modo con la
idea de que la filosof’a es algo que pertenece a lo que est‡ arriba. Uno solo es el destino que une
Eros y al filos—fo. Esta es la raz—n por la que, como dec’a P. Impara, Òla vera
origine, la sola provenienza dellÕeros � lÕanima, che recuperando la forza di
ascendere, prende il voloÓ, ÒMito, eros e filosofia nel FedroÓ, en Understanding the
Phaedrus, Livio Rossetti, Editor, Sankt Augustine, p. 301.
[7] En su viaje anterior, el
alma del enamorado hab’a sido capaz de seguir la v’a de los dioses en el cielo,
y ahora recibe sus beneficios aqu’. Como afirma Claude Calame, el alma del
enamorado: ÓThanks to its extracelestial flight, it is able, through the sense
of sight, to gain direct perception of the realities (ta onta), of truth (ta al�th�).
At last we glimpse the meaning that informs the philosopherÕs thought: through
reflection, he will rise above the plurality of sensations, and move toward
unity; the soul will then remember the altogether real reality (to on ontos) that it has perceived as it
followed in the wake of a deity. Now, amorous madness provides us with the
means to accomplish that philosophical journey that takes the form of
reminiscenceÓ; The Poetics of Eros in
Ancient Greece (I Greci e lÕeros:
Simboli, pratiche e luogi) Princeton, New Jersey, 1992, pp. 187-188.
[8] Sobre maivnomai
y
maniva, ver P.
Chantraine: Òaucune Žtymologie plausibleÓ(Dictionnaire
Žtymologique de la langue grecque, Paris 1980 p. 659).
[9] CF. W. Burkert, Greek Religion, Harvard University Press 1985 (1977), p. 110.
[10] Ibid. p. 175.
[11] Una oraci—n, que como dice
A. Motte, a diferencia de la precedente no est‡ hecha esta vez de demandas
espec’ficas, Òmais qui embrasse la vie enti�reÓ; ÒLÕaventure spirituelle du Ph�dre et la pri�reÓ, en Understanding the Phaedrus, Livio
Rossetti, Editor, Sankt Augustin 1992, p. 322.